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14 de julio de 2014

Héroes (II): Blas de Lezo y Olabarrieta

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Suele decirse que para llegar a ser un héroe, te tienen que pasar una de estas dos cosas: O bien, que mueras en pos de una causa noble y elevadísima, independientemente de que consigas llegar a ella o no, pero sirviendo siempre como ejemplo a seguir; o bien que toda tu vida sea un ejemplo a seguir pero nunca se te conceda el crédito merecido por todas tus hazañas o proezas. En el caso que hoy nos ocupa, el del vasco Blas de Lezo y Olabarrieta, es más bien el segundo.

Nacido el 3 de febrero de 1689 en el seno de una familia de gran tradición de marinos, amén de un pueblo de gran tradición marítima, pronto se fue a Francia a recibir educación, de donde sale en 1701 para enrolarse en la Armada como guardiamarina. Efectivamente, con tan solo 12 años y nada más comenzar la Guerra de Sucesión Española (Francia y España contra Austria, Holanda e Inglaterra, desde 1701 hasta 1713). En dicha guerra, el joven Blas participó en la Batalla de Velez-Málaga (1704) repartiendo estopa a manos llenas... hasta que una bala de cañón se le llevó por delante la pierna izquierda por debajo de la rodilla. En esos momentos, el chaval tenía 15 años, y se dice de él que, durante la amputación, que hubo de practicarse sin anestesia, no profirio ni el más mínimo suspiro. Tanto el valor demostrado en la batalla como la entereza ante la operación, le valen el ascenso Alférez de Bajel de Alto Bordo por parte del rey francés Luis XIV. Es más, el propio Felipe V le ofreció la posibilidad de servir directamente en la corte, pero rechaza el puesto alegando que "una persona con una pata de palo quitaría lustre a la corte", por lo que siguió de servicio en distintos navíos sin dejar de luchar en la guerra, que aun continuaba.

Durante este periodo de guerra, patrulla el Mediterráneo de arriba a abajo, apresando a un gran número de barcos ingleses utilizando maniobras tan valientes como brillantes, por lo que en 1706 se le ordena asistir a Barcelona, que en aquellos momentos de la guerra sufría sitio. A pesar de contar con una pequeña flotilla, Blas de Lezo conseguía burlar constantemente el bloqueo formado por los barcos ingleses quemando paja húmeda para formar densas nubes de humo, momento en que aprovechaba para cruzar dicho bloqueo y, de paso, bombardear a los ingleses. Tras la hazaña, es enviado al puerto de Tolón, donde aprovecha para aprender tácticas de guerra terrestres. Sin embargo, durante la defensa del fuerte de Santa Catalina, un proyectil le impacta en el ojo izquierdo, dejándolo tuerto para siempre.

Después de esto estuvo un tiempo de convalecencia, pero no por eso perdió las ganas de volver al mar. En 1707 es ascendido a Teniente de Guardacostas y destinado al puerto de Rochefort, lugar donde llevará a cabo otra de sus hazañas, al capturar en 1710 el navío inglés Stanhope, de 70 cañones y que lo triplicaba en potencia de fuego. En la refriega es herido sin mayor relevancia, pero con lo que ya llevaba encima, poco debió importarle. Tras la batalla, es ascendido a Capitán de Fragata, y tras servir varios años más con ejemplar valentía, en 1714 vuelve a Barcelona, esta vez como atacante, donde recibe un disparo que le inutiliza en brazo derecho, y al año siguiente, en 1715, al mando ya de su propio barco, se dirige a reconquistar Mallorca, que se rinde sin necesidad de disparar un solo tiro. Así que con 26 años, tenemos a un Blas de Lezo manco, cojo y tuerto, y siendo Capitán de Navio.

Cuando se termina la guerra, pasa una temporada afincado en Cádiz, tras lo cual se le confía un navío integrado en una escuadra que, a partir de 1720, se encargará de limpiar de piratas y corsarios, principalmente ingleses, los Mares del Sur (las costas de los actuales Perú y Chile), destino en el que permanecerá durante diez años, tras los cuales vuelve a España para ser ascendido de nuevo, esta vez, a Jefe de la Escuadra del Mediterraneo con rango de General. Lo primero que se le encomienda en su nuevo puesto es la exigencia a la República de Genova de 2.000.000 de pesos pertenecientes a la corona española y que éstos tenían retenidos. Blas se personó ante los representantes de la ciudad y les dió un ultimatum: O entregaban el dinero, o volaban la ciudad a cañonazos. Y se entregó hasta el último peso. En gratitud al gran servicio prestado, el rey Felipe V le concede su propio estandarte.

Tras las tareas de recolección, fue destinado a Orán, donde estuvo varios años batallando contra los argelinos. Tomó la ciudad en 1732 al mando de 54 buques, y cuando un pirata la retomó aprovechando la salida de Lezo, este volvió con seis navíos para sacar al pirata de ahí. Y con contento con sacarlo, lo persiguió hasta el puerto donde se escondía, bombardeando todo lo que se ponía a su paso, destruyendo el barco del pirata y los fuertes que guardaban el puerto. Y encima se quedó ahí, por si acaso, no fueran a llegarle refuerzos al pirata desde Estambul, hasta que un brote epidémico lo obligó a volver a Cádiz.

Dos años más tarde vuelve a América, ascendido una vez más, en esta ocasión a Teniente General, y es en esta etapa de su vida cuando vivirá su experiencia más crucial: La Defensa de Cartagena de Indias. Tras la excusa de la famosa Oreja de Jenkins, el almirante inglés Edward Vernon, al mando de lo que vendría a ser la "Armada Invencible a la inglesa" (la flota contaba con 60 navíos más que la armada fletada por Felipe II), se lanzó contra las posesiones españolas en el Caribe. Tan seguro estaba de las victorias que iba a conseguir, que hizo acuñar monedas y medallas conmemorativas de la conquista. Tras capturar fácilmente los mal guarnecidos puertos de Chagres y Portobelo en el istmo de Panamá, fue directo a Cartagena de Indias, donde Lezo ya lo estaba esperando después de ser desafiado por parte del Almirante británico. Desde el 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, los 6 navíos y aproximadamente 4.000 soldados al mando de Blas de Lezo, contuvieron y repelieron a los 186 buques (con sus 2.000 cañones) y 27.000 soldados ingleses al mando de Vernon, quien tuvo que volver a Londres a rendir cuentas de la desastrosa operación al rey Jorge II. Se dice que el rey se enojó hasta tal punto que prohibió que se hiciera la menor referencia a dicha batalla bajo pena de muerte. De hecho, dicha derrota confirmó el dominio español de los mares hasta el Siglo XIX y la Batalla de Trafalgar.

Pero hasta aquí pudieron llegar las fuerzas de Blas de Lezo. Ese mismo año de 1741, una epidemia de peste causada por la cantidad de cadáveres como resultado de los combates entre españoles e ingleses, se llevó consigo al almirante más brillante de la historia de España, siendo nombrado marqués de Ovieco a título póstumo. A pesar de las taras físicas que fue coleccionando a lo largo de su carrera militar, que llegaron a valerle el mote de Almirante Patapalo, nunca perdió ni el ánimo ni el ingenio. Siempre estuvo al pie del cañón, incluso cuando las envidias de sus iguales se cebaban con él, ya que, como buen hombre de su época, servir a su rey era toda la motivación que necesitaba. Es una lástima que un hombre de estas características no reciba más renombre por parte de sus paisanos, pero desgraciadamente, los españoles siempre seremos así. ¿Os imagináis que, en lugar de nacer en Pasajes, hubiera nacido en, por ejemplo, Portsmouth, y que hubiera conseguido para Inglaterra lo que consiguió para España? Los honores que se le habrían rendido desde entonces habrían hecho parecer un cualquiera a Nelson, pero... lo dicho, somos españoles, homenajear a nuestros héroes no es lo nuestro.

16 de junio de 2013

Héroes (I) - Navío de Línea Santísima Trinidad

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Empiezo oficialmente esta sección para hablar de glorias pasadas y, hasta cierto, olvidadas por el gran público, escribiendo sobre el mayor buque de guerra de su época: El navío de línea Santísima Trinidad. Pero más que al navío en sí, que también, quiero que sirva para rendir un humilde homenaje a los hombres que componían su tripulación durante la batalla de Trafalgar.

El navío, como digo, fue el buque de guerra más grande de su época. Construido en los astilleros de La Habana en 1769, contaba originalmente con una eslora (longitud) de 61,40 metros, tres puentes (la mayoría de los navíos de la época eran de dos) ampliado a cuatro más adelante, y 120 cañones, aumentados hasta los 140 antes de la citada batalla. Se fabricó con maderas preciosas como la caoba, el júcaro y el caguairán y costó 40.000 ducados de la época, que vendrían a ser alrededor de 1.100.000€, aunque seguramente la cifra actual ascendería muchísimo más. Llegó a ser tan majestuoso que se lo denominó "El Escorial de los Mares".

Desde el momento de su botadura definitiva (sufrió un par de modificaciones técnicas antes de poder entrar en servicio), se convirtió en el buque insignia de la Armada Española. Participó en 1779 en la Guerra de Independencia de las colonias americanas de Gran Bretaña contra estos, apoyando a Francia, de quienes éramos aliados por aquel entonces. Participó también en las operaciones que se llevaron a cabo en el Canal de la Mancha ese mismo año, y el año siguiente participó en la captura de un convoy británico compuesto por 55 navíos, además de participar en la batalla del Cabo de Espartel tres años más tarde. Participó también en la batalla del Cabo de San Vicente, donde estuvo a punto de ser capturado por los ingleses, siendo ayudado (y amenazado con ser cañoneado si no se defendía) por otro navío español, el Infante Don Pelayo, en 1797.

Pero fue en 1805, en la tan mencionada batalla de Trafalgar, donde fue definitivamente derrotado. Con una tripulación más que insuficiente, tanto en número como en preparación y entrenamiento (contaba ese día con una dotación de 1.160 hombres, cuando hubiera necesitado más del doble para poder ser manejado con la eficiencia que se necesitaba para aquella ocasión), y tras los constantes desatinos del almirante francés Villeneuve (Nelson aun debe estar frotándose los ojos desde que vio que le ponían la batalla tan en bandeja de plata), el mayor buque de guerra de la época fue acribillado por varios navíos británicos hasta quedar completamente desarbolado y en unas condiciones más que deplorables, viéndose obligado finalmente a rendirse y a ser finalmente apresado. Los daños fueron tan severos que, a pesar de los esfuerzos de los ingleses por remorcarlo hasta Gibraltar como trofeo, el Santísima Trinidad acabó por hundirse el 24 de Octubre de 1805 a unas 25 millas al sur de Cádiz. Sus cañones están ahora en el Panteón de Marinos Ilustres en la ciudad de San Fernando, en Cádiz.

Pero la pérdida del navío es insignificante si tenemos en cuenta la cantidad de vidas humanas que se perdieron en ese buque durante la batalla. Entre su dotación de 1.160 personas, hubo 108 heridos y 205 muertos, siendo el barco que más pérdidas humanas sufrió. Y, por último, también merecen ser recordados los capitanes de los barcos españoles, que aun sabiéndose en una abrumadora inferioridad táctica, maniatados por la indecisión de un almirante pusilánime y por el vasallaje de facto que la corona española rendía a Napoleón, pelearon y se defendieron como héroes hasta la última gota de sangre, literalmente en muchos de los casos.

9 de febrero de 2013

Nueva sección - Héroes

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Esta entrada va a ser más corta de lo habitual, ya que va a servir, símplemente, como presentación de una nueva sección dentro del blog: Héroes, como su propio nombre ya indica.

¿Qué héroes? Podréis pensar. Pues, en principio, he ideado esta sección para dar a conocer la vida, obra y milagros de españoles de todos los tiempos que, bien por activa, bien por pasiva, no han tenido el reconocimiento que se merecen debido a sus acciones, sobre todo en un país como España, en el que si hay algo más rápido que la velocidad con la que entronizamos a nuestros ídolos, es la velocidad con la que los destronamos y los tiramos por el fango para ya no volver a acordarnos de ellos si no es para señalar todas sus fallas. En cierto modo, esta idea la he ido rumiando desde que escribí el último post, y es que en lo de no saber vendernos también influye el no saber apreciar lo que otros compatriotas han logrado, tanto para nosotros como para el mundo entero.

El ejemplo más claro de esto que digo, amén del más frívolo, sería el caso de Raúl González Blanco, jugador del Real Madrid y de la Selección Española de Fútbol. Raul era muy bueno, era el líder indiscutible tanto del Real Madrid como de la selección, ejemplo de caballerosidad y de muchas otras cosas, no se podía entender ni el Real Madrid ni la selección si no estaba él... hasta que en la Eurocopa de Bélgica y Holanda del año 2000, falló un penalti contra Francia en cuartos de final cuando España perdía 1-2, lo que finalmente hizo que quedáramos eliminados del campeonato.

A partir de aquí, ya dio igual todo lo que había conseguido hasta entonces, todo lo que había sido, y todo lo que todavía consiguió después. Dejó de ser Raúl, el icono, el único, el ejemplo a seguir... para convertirse en "Baúl", un jugador incómodo y molesto que no servía para nada, malo como él sólo y que no se explicaba cómo podía seguir jugando en un equipo como el Real Madrid, llegando a día de hoy a pasar desapercibido para la inmensa mayoría de la población. ¿Alguien de aquí sabe que aun está en activo y que sigue jugando en el Al Sadd de Arabia Saudí?

Pero, lo dicho, esto es sólo un pequeño ejemplo para ilustrar a lo que me refiero. No todas las entradas de esta sección serán sobre futbolistas, ni sobre deportes, claro está. Intentaré que sea lo más variada posible y, ante todo, que arrojen luz sobre estos héroes cuyo mayor delito fue, pues eso, nacer en un país donde no se les apreció en toda su valía.