30 de julio de 2014

Tolkien (IV): El Heredero de Isildur

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Ayer se celebró el 60 aniversario de la primera publicación de La Comunidad del Anillo, por lo que voy a realizar mi homenaje particular con este post, en el que intentaré explicar por qué Aragorn (II) es heredero de Isildur y por qué, al final de El Retorno del Rey, acaba siendo coronado Rey de Gondor y de Arnor.

Para poder explicar un poco el asunto y poner algo de trasfondo, vamos a retroceder miles de años en la línea temporal de la Tierra Media. A lo largo de toda la Segunda Edad del Sol, los Númenóreanos (los antepasados de los Dúnedain) colonizaron la mayoría de las costas occidentales de la Tierra Media, y al final de esta Edad, antes de la destrucción de Númenór, Elendil y sus hijos huyeron a esas tierras colonizadas, fundando los reinos de Arnor en el norte (que abarca todas las tierras desde los Puertos Grises y las Ered Luin hasta casi las Montañas Nubladas), que fue gobernado por Isildur; y Gondor, que más o menos ya sabemos cómo es y cuánto ocupa, en el sur, y que fue gobernado por Anárion, hermano menor de Isildur. Estos dos reinos, aunque hermanos como sus reyes originales, tuvieron sus historias individuales, así como su forma de gobierno y de hacer política. Por ejemplo, aquellos dentro de la familia real arnoriana que no tenían derecho directo a la corona (hijos segundos de los reyes y sus familias) eran nombrados Capitanes de los Dúnedain, el puesto más alto dentro de la jerarquía militar sin contar con el propio rey.

Anillo de Barahir
Con el paso de los años, ya en la Tercera Edad del Sol, el reino de Arnor desaparece como tal. Primero se escinde en tres reinos independientes, de los cuales el principal fue Arthedain, ya que era donde se encontraba Annuminas, la capital del antiguo reino y donde se encontraban los símbolos del poder del rey (el Cetro de Annuminas y el Anillo de Barahir). El último rey de Arthedain murió en un naufragio sin dejar descendencia directa, por lo que el último de los reinos del norte acabo extinguiéndose debido a una serie de ataques por parte del Rey Brujo de Angmar (el Señor de los Nazgûl). Sin embargo, la familia real sí que seguía estando ahí, en la forma de los Capitanes de los Dúnedain, dinastía a la que pertenece Áragorn y que, en ausencia de un rey y de un heredero directo, todos los derechos a ostentar la corona pasan a ellos. En principio, el derecho al trono es suyo, por supuesto, pero... ¿De qué trono, si su reino ya no existe como tal?

Paralelamente a todo esto, y con unos derroteros similares, en Gondor también se quedaron sin rey. Pero en este caso, debido a sus diferencias políticas, el gobierno y la regencia del reino recae sobre los Senescales Regentes, que debido a la desaparición del último rey de Gondor, juraron [...]esgrimir el bastón de mando y gobierno en nombre del rey, hasta que él vuelva[...]. Es aquí, precisamente, donde entra en juego la línea de los Capitanes de los Dúnedain, ya que, tras la desaparición de ese útlimo rey de Gondor, ellos fueron los primeros que reclamaron su derecho a dicho trono aduciendo "motivos de parentesco", y no era para menos, ya que no hay que olvidar que, por mucho que fueran reinos independientes, los fundadores de ambos reinos eran hermanos.

Tras esto hubo una serie de dimes y diretes, en los que Gondor nunca dio su brazo a torcer. Por mucho que hubiera parentesco entre las familias reales, que lo había, lo último que querían los gondorianos era un rey "extranjero". Lo dicho, por mucho que fueran reinos hermanos, no dejaba de ser otro país, a fin de cuentas. Además, Gondor se negaba esgrimiendo que la línea de sucesión de los Dúnedain provenía de una hija del rey, por lo que ese derecho de sucesión no estaba tan claro. Finalmente, tuvieron que tirar de las leyes sucesorias ancestrales de Númenór que regían en ambos reinos, en los que no se distinguía entre heredero varón o mujer y a lo que, según nos cuenta El Profesor, [...]a esto Gondor no respondió[...]. Por supuesto que no respondió. No podía. Sólo podía aceptarlo o negarlo. Si aceptaban el argumento, le daban automáticamente la corona a los Dúnedain del Norte, cosa que no querían; pero si lo negaban, estaban negando sus leyes ancestrales y, prácticamente, negando las bases de ambos reinos.

Fue en este punto cuando Elrond, el principal mediador del asunto y principal interesado en la integridad de los reinos de los Hombres de la Tierra Media tanto para hacer frente al poder de Sauron como para asegurar la propia supervivencia de ambas razas, recomendó a los Dúnedain del Norte que se mantuvieran ocultos hasta que llegara un momento más propicio, ya que ante el silencio de Gondor, sólo tenían dos alternativas: O bien asumían su derecho real a las bravas, exponiéndose a una guerra civil que acabara terminando definitivamente con ambos reinos o, como hemos dicho que hicieron finalmente, esperaban una oportunidad más apropiada para reclamar sus derecho hereditarios, pasando desapercibidos para no captar la atención de Sauron, que no dejaba de seguirles el rastro para acabar por completo y para siempre con la estirpe de los reyes de Arnor. Y así fue como, quince generaciones de Dúnedain y Montaraces más tarde, Áragorn II pudo ser coronado como Rey de Arnor y de Gondor tras la derrota de Sauron con el nombre de Elessar en el 3021 de la Tercera Edad del Sol. 

Ya para terminar, y como nota curiosa, decir que, al contrario de lo que se ve en las películas, donde se le muestra asustado e incluso llegando casi a renegar de su herencia por la flaqueza de Isildur, Aragorn siempre supo exactamente quién era, llevando su título con orgullo pero con la prudencia exigida en esa época. Sutiles diferencias en el guión.

14 de julio de 2014

Héroes (II): Blas de Lezo y Olabarrieta

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Suele decirse que para llegar a ser un héroe, te tienen que pasar una de estas dos cosas: O bien, que mueras en pos de una causa noble y elevadísima, independientemente de que consigas llegar a ella o no, pero sirviendo siempre como ejemplo a seguir; o bien que toda tu vida sea un ejemplo a seguir pero nunca se te conceda el crédito merecido por todas tus hazañas o proezas. En el caso que hoy nos ocupa, el del vasco Blas de Lezo y Olabarrieta, es más bien el segundo.

Nacido el 3 de febrero de 1689 en el seno de una familia de gran tradición de marinos, amén de un pueblo de gran tradición marítima, pronto se fue a Francia a recibir educación, de donde sale en 1701 para enrolarse en la Armada como guardiamarina. Efectivamente, con tan solo 12 años y nada más comenzar la Guerra de Sucesión Española (Francia y España contra Austria, Holanda e Inglaterra, desde 1701 hasta 1713). En dicha guerra, el joven Blas participó en la Batalla de Velez-Málaga (1704) repartiendo estopa a manos llenas... hasta que una bala de cañón se le llevó por delante la pierna izquierda por debajo de la rodilla. En esos momentos, el chaval tenía 15 años, y se dice de él que, durante la amputación, que hubo de practicarse sin anestesia, no profirio ni el más mínimo suspiro. Tanto el valor demostrado en la batalla como la entereza ante la operación, le valen el ascenso Alférez de Bajel de Alto Bordo por parte del rey francés Luis XIV. Es más, el propio Felipe V le ofreció la posibilidad de servir directamente en la corte, pero rechaza el puesto alegando que "una persona con una pata de palo quitaría lustre a la corte", por lo que siguió de servicio en distintos navíos sin dejar de luchar en la guerra, que aun continuaba.

Durante este periodo de guerra, patrulla el Mediterráneo de arriba a abajo, apresando a un gran número de barcos ingleses utilizando maniobras tan valientes como brillantes, por lo que en 1706 se le ordena asistir a Barcelona, que en aquellos momentos de la guerra sufría sitio. A pesar de contar con una pequeña flotilla, Blas de Lezo conseguía burlar constantemente el bloqueo formado por los barcos ingleses quemando paja húmeda para formar densas nubes de humo, momento en que aprovechaba para cruzar dicho bloqueo y, de paso, bombardear a los ingleses. Tras la hazaña, es enviado al puerto de Tolón, donde aprovecha para aprender tácticas de guerra terrestres. Sin embargo, durante la defensa del fuerte de Santa Catalina, un proyectil le impacta en el ojo izquierdo, dejándolo tuerto para siempre.

Después de esto estuvo un tiempo de convalecencia, pero no por eso perdió las ganas de volver al mar. En 1707 es ascendido a Teniente de Guardacostas y destinado al puerto de Rochefort, lugar donde llevará a cabo otra de sus hazañas, al capturar en 1710 el navío inglés Stanhope, de 70 cañones y que lo triplicaba en potencia de fuego. En la refriega es herido sin mayor relevancia, pero con lo que ya llevaba encima, poco debió importarle. Tras la batalla, es ascendido a Capitán de Fragata, y tras servir varios años más con ejemplar valentía, en 1714 vuelve a Barcelona, esta vez como atacante, donde recibe un disparo que le inutiliza en brazo derecho, y al año siguiente, en 1715, al mando ya de su propio barco, se dirige a reconquistar Mallorca, que se rinde sin necesidad de disparar un solo tiro. Así que con 26 años, tenemos a un Blas de Lezo manco, cojo y tuerto, y siendo Capitán de Navio.

Cuando se termina la guerra, pasa una temporada afincado en Cádiz, tras lo cual se le confía un navío integrado en una escuadra que, a partir de 1720, se encargará de limpiar de piratas y corsarios, principalmente ingleses, los Mares del Sur (las costas de los actuales Perú y Chile), destino en el que permanecerá durante diez años, tras los cuales vuelve a España para ser ascendido de nuevo, esta vez, a Jefe de la Escuadra del Mediterraneo con rango de General. Lo primero que se le encomienda en su nuevo puesto es la exigencia a la República de Genova de 2.000.000 de pesos pertenecientes a la corona española y que éstos tenían retenidos. Blas se personó ante los representantes de la ciudad y les dió un ultimatum: O entregaban el dinero, o volaban la ciudad a cañonazos. Y se entregó hasta el último peso. En gratitud al gran servicio prestado, el rey Felipe V le concede su propio estandarte.

Tras las tareas de recolección, fue destinado a Orán, donde estuvo varios años batallando contra los argelinos. Tomó la ciudad en 1732 al mando de 54 buques, y cuando un pirata la retomó aprovechando la salida de Lezo, este volvió con seis navíos para sacar al pirata de ahí. Y con contento con sacarlo, lo persiguió hasta el puerto donde se escondía, bombardeando todo lo que se ponía a su paso, destruyendo el barco del pirata y los fuertes que guardaban el puerto. Y encima se quedó ahí, por si acaso, no fueran a llegarle refuerzos al pirata desde Estambul, hasta que un brote epidémico lo obligó a volver a Cádiz.

Dos años más tarde vuelve a América, ascendido una vez más, en esta ocasión a Teniente General, y es en esta etapa de su vida cuando vivirá su experiencia más crucial: La Defensa de Cartagena de Indias. Tras la excusa de la famosa Oreja de Jenkins, el almirante inglés Edward Vernon, al mando de lo que vendría a ser la "Armada Invencible a la inglesa" (la flota contaba con 60 navíos más que la armada fletada por Felipe II), se lanzó contra las posesiones españolas en el Caribe. Tan seguro estaba de las victorias que iba a conseguir, que hizo acuñar monedas y medallas conmemorativas de la conquista. Tras capturar fácilmente los mal guarnecidos puertos de Chagres y Portobelo en el istmo de Panamá, fue directo a Cartagena de Indias, donde Lezo ya lo estaba esperando después de ser desafiado por parte del Almirante británico. Desde el 13 de marzo al 20 de mayo de 1741, los 6 navíos y aproximadamente 4.000 soldados al mando de Blas de Lezo, contuvieron y repelieron a los 186 buques (con sus 2.000 cañones) y 27.000 soldados ingleses al mando de Vernon, quien tuvo que volver a Londres a rendir cuentas de la desastrosa operación al rey Jorge II. Se dice que el rey se enojó hasta tal punto que prohibió que se hiciera la menor referencia a dicha batalla bajo pena de muerte. De hecho, dicha derrota confirmó el dominio español de los mares hasta el Siglo XIX y la Batalla de Trafalgar.

Pero hasta aquí pudieron llegar las fuerzas de Blas de Lezo. Ese mismo año de 1741, una epidemia de peste causada por la cantidad de cadáveres como resultado de los combates entre españoles e ingleses, se llevó consigo al almirante más brillante de la historia de España, siendo nombrado marqués de Ovieco a título póstumo. A pesar de las taras físicas que fue coleccionando a lo largo de su carrera militar, que llegaron a valerle el mote de Almirante Patapalo, nunca perdió ni el ánimo ni el ingenio. Siempre estuvo al pie del cañón, incluso cuando las envidias de sus iguales se cebaban con él, ya que, como buen hombre de su época, servir a su rey era toda la motivación que necesitaba. Es una lástima que un hombre de estas características no reciba más renombre por parte de sus paisanos, pero desgraciadamente, los españoles siempre seremos así. ¿Os imagináis que, en lugar de nacer en Pasajes, hubiera nacido en, por ejemplo, Portsmouth, y que hubiera conseguido para Inglaterra lo que consiguió para España? Los honores que se le habrían rendido desde entonces habrían hecho parecer un cualquiera a Nelson, pero... lo dicho, somos españoles, homenajear a nuestros héroes no es lo nuestro.

6 de julio de 2014

La democracia no es para todos

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Hoy toca post rotundo. Y ahora mismo no se me ocurre cosa más rotunda que lo que dicta el título del post. Y es que, después de ver las noticias durante las últimas dos o tres semanas semanas, me ha quedado claro clarito que, desde luego, la democracia tal y como la conocemos hoy en día no está hecha para todo el mundo.

Y la verdad es que si nos paramos a pensarlo, tiene más sentido de lo que pueda parecer. Analizándolo desde los orígenes, hay que apuntar y apuntalar un pequeño detalle: Y es que la democracia fue creada en Grecia. Esto, que así a bote pronto es una perogrullada de primero de la ESO, tiene más implicaciones de las que pueda parecer. Tirando de libros de Historia, quien más quién menos podrá hacer un repaso mental de cómo se ha ido desarrollando el Mundo Occidental desde las Guerras Médicas (polis griegas contra el imperio persa y otras polis griegas). Se crea la democracia en Atenas, pero esa semilla se queda ahí latente; pasan los años, se crea el imperio romano, que abarca, absorbe y homogeiniza (hasta cierto punto) a toda Europa; el imperio romano se va al garete y se crean los gérmenes de lo que serían los futuros países europeos; de entre ellos surgen España y el Reino Unido que, a su modo, colonizan y conforman lo que hoy en día sería toda América, desde la Patagonia hasta el Estrecho de Bering. Luego ya, y a partir de la Revolución Francesa, es cuando esa semilla llamada "democracia" que se había quedado en Atenas, empieza muy poco a poco a germinar gracias, en parte, a la Ilustración, con unas ideas que iban y venían de Europa a América y de vuelta al Viejo Mundo. Si os dáis cuenta, hemos abarcado aproximadamente unos 1.000-1.500 años en los que en ningún momento se ha mencionado, entre otros, al mundo Islámico

El Islam, al igual que hizo el Imperio Romano en su día, ha servido para homogeneizar (hasta cierto punto) una serie de territorios, tan vastos en este caso que abarca todo el norte de África hasta las mismísimas puertas del subcontinente Indio, con una serie de pueblos y países con sus propias costumbres y culturas. Unas costumbres y culturas, en cualquier caso, diametralmente opuestas a las nuestras, o de lo contrario, nos habríamos ahorrado nada menos que nueve Cruzadas. A lo que voy, es que el devenir de ambas culturas fue por derroteros diferentes, y aunque ambas culturas han sido muy ricas y fértiles, cada una estaba basada en una serie de costumbres y religiones diferentes. Esto lo que hizo fue que, mientras que en Europa y América las democracias empezaron a cuajar a finales del Siglo XVIII y principios del Siglo XIX, en el mundo islámico se tuvieron que esperar casi hasta finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX, y eso en el mejor de los casos, ya que por aquel entonces, todo lo oliera a Occidental era tomado como "moderno", y todo el mundo quería ser más moderno que nadie. Esto, como digo, en países donde hubo una verdadera inquietud democrática, un verdadero espíritu colectivo que realmente aspiraba a tener una democracia en toda regla, ya que en otros países, como por ejemplo Arabia Saudí, dicha inquietud ni está, ni ha estado, ni se la espera siquiera algún día.

Y entre medias, tenemos a los grandes defensores y garantes de la democracia universal desde finales del Siglo XX: los Estados Unidos de América, que en los últimos años no ha dejado de mancillar el significado de dicha palabra por usarla como pretexto para entrar en un país o una zona poco democrática (pero podrida de petróleo) como un elefante en una cacharrería para derrocar al tiranísimo de turno en pos de garantizar que el petróleo que queda lo exploten empresas norteamericanas, que la industria armamentística americana siga generando dólares y, por supuesto, que sean sus empresas constructoras las que levanten al país de sus cenizas, todo ello con la venia de un gobierno títere cuya máxima ilusión democrática es la de "tú ponte aquí que verás lo que trincas con nosotros". Bajo este contexto, no es muy dificil intuir que una democracia establecida de este modo no deja de ser tan nefasta como la peor de las tiranías. Vale, desde el punto de vista occidental, como he dicho, la democracia es la mayor expresión de la civilización, pero me da en la nariz que desde la otra parte no lo ven igual.

Hay que tener en cuenta que, al igual que Occidente durante el Siglo XVI (catolicismo contra protestantismo), el Islam se encuentra dividido en dos ramas principales: Chiíes y Suníes. El problema, es que en Occidente estábamos separados por países, mientras que en el Islam, ambas ramas pueden encontrarse tranquilamente representadas en un mismo país. Y si una de las ramas ve cómo se quita a la fuerza a su líder para imponer otro de la rama contraria con la ayuda de una potencia extranjera, el cirio se monta en un santiamén. Y si, encima, los "derrocados" ven, o intuyen, el mangoneo al que se está dedicando el presidente títere de turno, la relación "democracia = modernidad = decadencia y corrupción" se hace sola.

Así que, en este caldo de cultivo, no es de extrañar que salgan imanes, más o menos radicales, hasta de debajo de las piedras pregonando la pureza del Corán y de sus enseñanzas, y de que es la vía para vivir una vida plena y, ante todo, pura. Y si para eso hay que matar y/o castigar a cuanto infiel se ponga a tiro, mejor que mejor. Ejemplos de esto tenemos dos bien claros: Por un lado, hace unas semanas salió la noticia de que un grupo de talibanes había amputado los dedos a un grupo de afganos que habían ejercido su derecho al voto. Esto es una barbaridad, por supuesto, pero desde el punto de vista de los amputados... ¿realmente créeis que les va a quedar mucho "espíritu democrático" después de esto? Sobre todo cuando, casi con total seguridad, a esos pobres diablos les han dicho "id a votar que es bueno elegir a vuestros líderes", aunque posiblemente el hecho de votar en sí mismo les de lo mismo. A ellos les han dicho que hay que ir a votar y punto, por lo que la democracia, para ellos, no ha supuesto precisamente ninguna ventaja respecto a lo que tenían anteriormente. Antes por lo menos te cortaban la mano si roababas, pero es que ahora te la cortan simplemente por meter un papel en una caja.

 Y por otro lado, tenemos la irrupción por todo lo alto del Estado Islámico de Irak y Levante, un estado de facto que se ha creado entre el este de Siria y el norte de Irak tras la escisión de al-Qaeda de la guerrilla que lo ha creado, que propone poco menos que la reconquista para el Islam de todos los territorios que lo fueron en su día, unificándolos bajo una misma bandera y bajo el turbante de un único Califa...


¿Os imagináis que, de la noche a la mañana, el nuevo rey de España, Felipe VI, sale al balcón y dice que va a reconquistar todos los territorios que fueron españoles en su día, y de paso recuperar para sí todo el poder que la monarquía tenía en esa época, todo a mayor gloria de Dios? ¿Y que encima nosotros aulláramos de excitación ante la promesa? Porque más o menos es lo que se está dando, al menos en esa zona.

A ver, no estoy diciendo que sea una amenaza inminente, ni que esto llegue a hacerse realidad, sino que lo uso como ejemplo ilustrativo de hasta qué punto hay un grupo de gente que no quiere ver la democracia ni en pintura, y hasta qué punto hay otro grupo de gente que intenta metérsela por el gaznate como si de patos se trataran. Y, como he dicho anteriormente, cuando una idea, por mucho que sea la más pura de todas, se mete a la fuerza en un sitio donde no es bien recibida, sea por el motivo que sea, acaba por ser peor que la peor de las tiranías. En este sentido, y volviendo al principio del texto, pienso que Occidente tiene que empezar a asumir que, si bien una democracia bien llevada es el mejor de los sistemas sociales posibles, no todo el mundo está preparado para tenerla al mismo tiempo, que como toda idea que se precie, tiene que caer en un suelo convenientemente fértil y que tiene que ir empapándose del agua que le vaya cayendo poco a poco. Sólo así se consigue crear un proyecto democrático buscado y deseado por toda la población. Por supuesto, la educación también influye, pero eso es algo que cae por su propio peso.

Ya para finalizar, me gustaría ante todo hacer una puntualización: No estoy diciendo, ni mucho menos, que haya grupos sociales que "no se merezcan" tener democracia. Está visto y demostrado, como he dicho anteriormente que, a fin de cuentas, una democracia bien llevada es el menos malo de los sistemas organizativos disponibles a día de hoy, pero sí digo que ese sistema es un estado al que cada sociedad tiene que llegar por sí mismo. Si no, se pervierte de tal modo que no deja de ser una dictadura como cualquier otra.

15 de junio de 2014

Tolkien (III): La longevidad en la Tierra Media

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Llevaba ya mucho tiempo sin postear nada (practicamente medio año), principalmente por problemas de tiempo (el verdadero Enemigo), hasta que una página que sigo en Facebook ha hecho que me vuelva a picar el gusanillo. En este grupo, en varias de sus entradas hablaban, precisamente, de la longevidad de los distintos pueblos de la Tierra Media. Cuánto viven, bajo qué circunstancias lo hacen y, sobre todo, cómo y por qué mueren. Así pues, y como es esto lo que de momento me ha vuelto a despertar el interés, comencemos.

ELDAR:
O, como se los conoce más comunmente, los elfos en general. Esta es la raza inmortal por excelencia. Aunque esa inmortalidad hay que explicarla. Un elfo, en condiciones normales, no se ve afectado ni por la edad ni por las enfermedades. Los elfos cumplen años y años y lo único que les pasa es que se van volviendo más "sabios y hermosos", tal como los describió Tolkien. Como he dicho, esto en condiciones normales, ya que, por un lado, se les puede matar como a todo hijo de vecino; y por otro lado, y esto es muy importante, pueden morir porque se cansen de vivir. Porque hayan vivido tantos sucesos traumáticos que, simplemente, no deseen seguir viviendo. En este caso, deciden dejar de vivir. Se acuestan a dormir y, simplemente, dejan que su espíritu se vaya. De esto se derivan dos cosas: por un lado, que la esperanza de vida de un elfo pueden ser miles de años (Galadriel, sin ir más lejos, en la época de la Guerra del Anillo tiene más de 6.000 años... y subiendo), y no es hasta más o menos los 100 cuando a un elfo se le empieza a considerar "mayor de edad".

DUNEDAIN:
Aquí voy a hacer dos distinciones, ya que no es lo mismo un dunedain (un "hombre de Occidente") que un humano "normal". Los humanos normales, pues eso. Muertes violentas, las enfermedades se ceban tranquilamente con ellos, y viven unos 70-80 años, siendo la mayoría de edad alrededor de los 20 años. Por otro lado, los dunedain son una raza de hombres superiores. Esto es debido, para empezar, a que tienen sangre élfica corriendo por sus venas, amén de que los Valar aumentaron su esperanza de vida en recompensa a la lealtad mostrada y los sacrificios realizados durante la Primera Edad del Sol. Así pues, se sabe que Elros Tar-Minyatur, gemelo de Elrond y al que se puede considerar como el primero de los dunedain, vivió 500 años. El resto de los dunedain, sin ser inmunes a la enfermedad, sí que eran más resistentes que un humano normal, pudiendo estar su esperanza de vida en torno a los 200-300 años. En este caso, la mayoría de edad solía retrasarse unos años, casi hasta los 30.

KHAZAD:
O como se llaman a sí mismos los Enanos. Curiosamente, esta es una de las razas más enigmáticas de las creadas por Tolkien, que no dio muchos detalles al respecto aduciendo "hermetismo de raza" para dotarles de un rasgo característico y general. No se sabe con seguridad cuánto puede vivir un enano, ya no sólo porque Tolkien no lo dijera, sino porque, según sus explicaciones, no fueron creados directamente por Iluvatar (el verdadero Ser Supremo de los mundos de Tolkien), como sí lo fueron los Elfos o los humanos, sino por Aüle, la personificación (por decirlo de algún modo) de una parte de su conciencia. Resistentes de cuerpo y mente, y duros de matar, sí se sabe que, al menos culturalmente, los enanos no llegaban a la mayoría de edad hasta no cumplir los 60 años. Esta fue la causa principal por la que a Gimli, que en los sucesos narrados en El Hobbit tenía justamente esa edad, no se le permitió participar en la expedición de Thorin y compañía para recuperar Erebor, a pesar de que a Fili y a Kili (con 82 y 77 años respectivamente) sí se les permitió participar. Afortunadamente para él, sí pudo acudir al Concilio de Elrond, ya que en ese momento ya tenía 121 años y ya era todo un hombre. Bueno, todo un Enano. Independientemente de todo lo anterior, sí se sabe que la raza de los enanos es increíblemente longeva y resistente.

HOBBITS:
Los hobbits son una de las razas más curiosas de toda la Tierra Media, y la mayor creación de Tolkien en este aspecto. Con una esperanza de vida similar a la de un humano normal, su mayoría de edad no se concedía hasta los 33 años, momento en el cual "los muchachos hobbits comenzaban a ser sensatos". Aunque similar a la humana, como he comentado antes, su esperanza de vida era ligeramente superior. Un hobbit que llegara a los 90-100 años era algo más o menos normal. Sí era inusual, sin embargo, pasar ese humbral, y de ahí la fiesta que organizó Bilbo Bolsón para celebrar su 111 cumpleaños. Y como longevidad realmente excepcional, la del conocido como Viejo Tuk, que llegó a vivir 130 años y ha sido, con mucho, el hobbit más longevo de la historia de La Comarca… hasta que su nieto Bilbo le ganó por un año, ya que Bilbo vivió hasta los 131 antes de partir a las Tierras Imperecederas.

ORCOS y URUKS:
En el caso de los orcos, el tema de la longevidad es más que curioso. En teoría (insisto, en teoría) al derivar estos de una deformación mágica de elfos capturados por Morgoth, deberían ser tan inmortales como aquellos, con sus mismas resistencias a las enfermedades y demás. El problema, claro está, viene cuando eres de una raza tan caótica y destructora que lo eres hasta con los de tu propia especie. Los
orcos (y, por extensión, los uruk-hai), sin un mando supremo y unificado que los mantenga a raya, son tan destructivos que en seguida se vuelven contra sí mismos… precisamente, para ver quién va a ser el jefe. Así pues, y a pesar de esa "teórica" inmortalidad, si un orco pasa de los 40 años se le consideraba todo un héroe y un prodigio. La mayoría de edad se da en el mismo instante en que un orco es capaz de blandir una espada. Así de simple.

OTROS SERES:
A parte de todos los mencionados anteriormente, hay otros seres más "espirituales" en la Tierra Media, como pueden ser los Magos… o los Balrogs, por ejemplo. En ambos casos, no hay longevidad que valga, ya que en origen todos eran Maiar (una especie de "dioses menores", para que nos entendamos). Esto hace que, aunque puedan encarnarse en seres físicos, dicha apariencia, dicho "cascarón" no va a cambiar nunca independientemente de lo que dure su estancia en la Tierra Media. Obviamente, también pueden morir (recordemos que Gandalf "mata" a un balrog y que "muere" en el intento), en cuyo caso, sus espíritus vuelven inmediatamente a las Estancias de Mandos, como ocurre con todo ser que habite en Arda. Sin embargo, en su caso podría decirse que no se trata de una muerte "real", ya que al contrario de lo que pasa con los espíritus "normales", los Maiar mantienen intacta la conciencia de lo que han sido mientras estaban "vivos". Es por eso que, cuando Gandalf regresó tras derrotar al balrog, podía recordar qué era lo que había hecho anteriormente (aunque al principio le costó un poco, eso sí).

Y esto es todo de momento. En otro momento, seguiré con más temas.

1 de diciembre de 2013

Tolkien (II): De Alatar y Pallando

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Vuelvo a escribir una entrada después de un tiempo sin escribir. No por falta de ganas o ideas, sino por falta de tiempo, materia prima más que esencial para realizar este tipo de actividades. Y vuelvo, precisamente, para escribir más acerca de la Historia de la Tierra Media, ese mundo fantástico creado por el genial, siempre lo diré, John Roland Reuel Tolkien para ambientar las historias que más fama y prestigio le reportaron. Debe ser que barrunto el inminente estreno la segunda parte de El Hobbit, pero la cosa es que últimamente no para de pasar por mi cabeza miles y miles de historias ocurridas en la Tierra Media... y teorías acerca de lo que el profesor no llegó a escribir, o sólo mencionó muy someramente.

Y, en este caso, se trata de la historia de Alatar y Pallando. Así a bote pronto y en frío, lo primero que os puede venir a la mente es "Y estos dos, ¿Quién porras son?". Y es normal, ya que apenas se sabe nada de ellos. Gandalf hace referencia a ellos, aunque no llega a normbrarlos (por motivos de copyright), en la primera película de El Hobbit, cuando Bilbo le pregunta si hay más cómo él. No tengo ahora mismo la película a mano y hablo de memoria, pero el recuento que hace Gandalf es algo parecido a esto:

-Por supuesto que hay más, mi querido amigo... además de mi mismo, está Saruman, el Blanco. Es el mago más grande que existe. Luego está Radagast, el Pardo, que se ocupa sobre todo de las criaturas de los bosques... y luego hay otros dos magos más, que no recuerdo cómo se llaman... hace mucho que nos separamos y no sé qué ha sido de ellos.

Pues bien, estos dos magos más de los que Gandalf no recuerda sus nombres, son precisamente Alatar y Pallando, también conocidos como Los Magos Azules. Y para saber quiénes eran, vamos a remontarnos un poco en el tiempo.

Tanto, como hasta el año 1000 de la Tercera Edad del Sol (recordad que los acontecimientos que se describen en El Señor de los Anillos trascurren entre los años 3018 y 3019 de dicha Edad), momento en el que llegan a los Puertos Grises desde Valinor los cinco Istari, o los Magos, como se les conocía comunmente. Estos cinco magos fueron enviados por los Valar con una única misión: Ayudar a los Pueblos Libres (Hombres, Elfos, Enanos, Hobbits y cualquier otro ser que no fuera intrínsecamente malvado) en su lucha contra Sauron. Cada cual era libre de escoger la forma y manera de ayudar a todos esos seres, y se dispersaron a todo lo largo y ancho de la Tierra Media para llevar a cabo esa misión. Y mientras que Gandalf, Radagast y Saruman se quedaron en la parte occidental, Alatar y Pallando se dirigieron hacia el Este, más allá del Mar de Rhûn. Es a partir de este momento cuando se pierde todo contacto con ellos.

Y es, precisamente a partir de este momento, cuando empiezan las especulaciones. Está más que demostrado y comprobado que el único de los Istari que llevó a cabo su misión con éxito fue Gandalf, ya que los demás fracasaron de distintas maneras en la realización de dicha misión: Saruman se corrompió y Radagast se desentendió por completo de los Pueblos Libres para centrarse únicamente en la fauna de la Tierra Media. Obviamente, Alatar y Pallando no fueron una excepción en este aspecto, ellos también fracasaron, o de lo contrario se habría sabido algo más de ellos. En este punto, hay muchas teorías. Personalmente, la que más me cuadra es la siguiente:

Por aquel entonces, el Este de la Tierra Media, también conocido como Rhûn era una de las partes más recónditas del mundo. La otra era Harad, y por su lejanía de los principales reinos de Hombres y Elfos, ambas zonas estaban bajo el influjo directo de Mordor. Pues bien, como digo, ambos magos se dirigieron hacia el Este, más allá del Mar de Rhûn, una vasta región en la que para sus habitantes la deidad suprema e incontestable era Sauron. No es muy dificil imaginar la reacción de dichos habitantes (los Orientales, tal y como se les menciona en El Señor de los Anillos) al ver aparecer a dos seres que empiezan a predicar todo lo contrario: Que Sauron es el mal y que los verdaderos dioses están más allá de un mar que, ya de por sí, está increíblemente lejos de dicha zona. Obviamente, la llegada de ambos magos, al adentrarse en una ragión dominada por Sauron, no pasó desapercibida para éste. Y al igual que hizo con Saruman, se propuso corromperlos y hacer que sirvieran a su causa... hasta que lo consiguió. ¿Quiénes mejor, precisamente, que dos enviados por los dioses, para terminar de convencer a Orientales de que, precisamente, Sauron es el Único y Verdadero, y que deben hacer todo cuanto él ordene? ¿Qué mejor forma, precisamente, de hacerles marchar a la guerra desde sus hogares hasta esos remotos reinos del Oeste de los que apenas saben nada, que convencidos por unos seres quasi-divinos que creen y defienden radicalmente la causa de Sauron porque han sabido ver "Su Verdad"? 

En definitiva, creo que ambos magos también fueron corrompidos por Sauron, como lo sería Saruman más adelante, sirviendo a modo de "virreyes" en las lejanas tierras de Rhûn. Ellos fueron, o serían, quienes comandaron y espolearon a las ingentes tropas de Orientales que acudieron a Mordor para lugar contra Gondor durante la Guerra del Anillo. ¿Su destino tras la destrucción del Anillo Único? Es muy posible que, tras el cataclismo que siguió a dicho suceso, se libraran de la nefasta influencia de Sauron, pero al haber cometido actos malvados e impropios de su clase, se supieran indignos de volver a Valinor, tal y como hizo Gandalf (nótese que Radagast tampoco regresa), y permanecieran en la Tierra Media hasta que sus cuerpos mortales acabaran muriendo, quedando sus espíritus atados allí para siempre hasta el Fin de los Días.

28 de septiembre de 2013

Tolkien (I): Glorfindel, el gran olvidado

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Llevaba ya mucho tiempo queriendo escribir algo, lo que fuera, sobre la obra de J. R. R. Tolkien, pero precisamente por ser tan rica y extensa, nunca he sabido sobre qué escribir exactamente. Hasta que el otro día, saltando de página web en página web, me reencontré con uno de los héroes más grandes de la Tierra Media, y también uno de los más olvidados, sobre todo en las adaptaciones cinematográficas que se han hecho posteriormente de la obra de "El Profesor". Todo el mundo conoce (más o menos) a Aragorn, a Gandalf, a Legolas y Gimli, a Frodo... pero estoy seguro que casi nadie conoce a Glorfindel, uno de los héroes elfos más grandes de la historia de la Tierra Media. Para que os pongáis un poco en antecedentes, decíos que la primera vez que aparece Glorfindel en la historia de la Tierra Media es en El Silmarillion, en el año 473 de la Primera Edad del Sol. Para que os posicionéis un poco, la acción de El Señor de los Anillos se sitúa aproximadamente en el 3.020 de la Tercera Edad del Sol, es decir, casi 6.500 años antes de esos acontecimientos.

Glorfindel era originario de la ciudad elfa de Gondolin, y era de linaje noble. De hecho, era el señor de una de las Siete Casas que componían la nobleza gondolindrim, aparte de la familia real. Su primera aparición fue, precisamente, en una de las múltiples batallas que se llevaron a cabo en la Primera Edad. En dicha batalla (la Batalla de las Lágrimas Innumerables), él era el capitán general del ejército de la ciudad. En esta batalla, las fuerzas combinadas de elfos y hombres fueron brutalmente derrotadas, y fue gracias a él (con ayuda de los hermanos humanos Húrin y Huor, eso sí) que el ejército de Gondolin pudo retirarse de vuelta a la ciudad con relativa facilidad y seguridad. Todo esto implica, por supuesto, que Glorfindel es más anciano (si es que la palabra "anciano" se puede aplicar a un elfo de naturaleza inmortal) de lo que pueda parecer, ya que nadie se hace capitán general de los ejércitos de una ciudad de la noche a la mañana, por muy noble que se sea, y menos si es por merecimiento personal.

Glorfindel luchando contra un balrog
Pero Glorfindel no tuvo que esperar demasiado para entrar en acción nuevamente. Apenas 40 años más tarde (¿Qué son 40 años para un elfo? ¿40 horas para un humano? ¿40 minutos, quizá?), Morgoth encontró finalmente la localización secreta de Gondolin, enviando a todas sus huestes de orcos, balrogs y dragones con el único fin de destruirla. Y la destruyó. Pero los elfos vendieron cara su piel, entre los que se incluyó el propio Glorfindel, que cayó defendiendo a los exiliados que huían de la ciudad peleando contra un balrog. Y matándolo, por supuesto. ¿Os acordáis de la pelea entre Gandalf y el balrog de Moria? Pues bien, decir que, mientras que Gandalf era un dios menor (pero un dios, al fin y al cabo) enviado a la Tierra Media en ayuda de los Pueblos Libres; y que el balrog llevaba pocos años despierto y aun no había recuperado todo su poder, Glorfindel era un "simple" elfo y se enfrentó a un balrog en la plenitud de sus poderes. Y aun así, logró acabar con el terrible demonio de fuego.

Fue tal su hazaña y su sacrificio, y tan noble el propósito de los mismos, que su alma fue transportada a las Estancias de Mandos (una especie de "purgatorio" de la Tierra Media), pero no para pagar por sus pecados... sino para ser reencarnado más adelante, algo que a muy pocos en todas las Edades de la Tierra Media se les había concedido antes.

Y aunque no pudo reencarnarse hasta la llegada de la Tercera Edad del Sol, no dejó de prestar auxilio a los reinos humanos que ya por aquel entonces se extendían por la Tierra Media. De hecho, en el 1974 de dicha edad, el Rey Brujo de Angmar, el jefe de los Nazgûl, atacó y tomó Fornost, la capital del reino principal de los reinos humanos del Norte (el reino era Arthedain; los otros dos, Rhudaur y Cardolan) y fue gracias a la intervención de los ejércitos de Gondor y de los Elfos liderados por Glorfindel que se pudo expulsar al más poderoso de los Nazgûl de la ciudad y exterminar a todos sus ejércitos. Incluso estuvieron a punto de acabar con el propio Rey Brujo, pero Glorfindel predijo que no sería un hombre quien lo mataría... y así sucedió unos 2000 después, cuando Merry y Eowyn acabaron con él en la Batalla de los Campos del Pelennor, durante la Guerra del Anillo (lo que se ve en la película, precisamente).

Y así pasó el tiempo. Se forjaron los Anillos de Poder; Sauron forjó el Único; se libró la Batalla de la Última Alianza, en la que se le cercenó el dedo a Sauron, perdiendo el Anillo, en la que, por supuesto, Glorfindel también participó; el Anillo Único se perdió al no haberlo destruído Isildur; Smeagol lo encontró, en el Anduin, escondiéndolo durante 500 años; Bilbo Bolsón lo volvió a encontrar y este, 60 años después, se lo entregó a su sobrino Frodo, quien emprendió el viaje a Rivendel para ver qué se hacía con él. Y fue precisamente Glorfindel quien encontró a los hobbits y a Aragorn tras el ataque en la Cima de los Vientos, y quien se lo llevó herido de gravedad a Rivendel, enfrentándose y repeliendo a los nueve Nazgûl juntos en el vado del Bruinen, sin contar que ya se había enfrentado a tres de ellos unos días antes. Cuando Frodo se recuperó de sus heridas y se convocó el Concilio de Elrond, Glorfindel también estuvo presente en las decisiones que se tomaron respecto al futuro del Anillo, siendo otro que, junto con Gandalf, propuso que el único camino posible era el de destruir el Anillo arrojándolo a la lava del Orodruin, donde Sauron lo había forjado. Y ya para finalizar, estuvo presente, tras la Guerra del Anillo, en la coronación en Minas Tirith de Aragorn como rey de los reinos de Gondor y Arnor.

Glorfindel, en el valle de Tumladen
Pues bien, a pesar de todo esto, Glorfindel no aparece en ninguna de las dos adaptaciones cinematográficas de El Señor de los Anillos que se han realizado hasta la fecha. De hecho, en la primera adaptación (en 1978, dirigida por Ralph Bakshi) es Legolas quien ocupa su lugar encontrando a Frodo y llevándolo a Rivendel; y en la segunda, la de 2001 y dirigida por Peter Jackson, es Arwen la encargada de enfrentarse a los Nazgûl. Peter Jackson argumentó que no valía la pena crear otro personaje nuevo para la película, ya que sólo aparecería unos 15 minutos (y, de paso, daba más protagonismo a Liv Tyler, ya que a Arwen, precisamente, apenas se la menciona en toda la trilogía), pero Ralph Bakshi ni siquiera dio alguna explicación.

En fin, una lástima que un personaje con el potencial de Glorfindel no haya aparecido por ninguna parte en ninguna de las adaptaciones de El Señor de los Anillos que se han hecho. Sólo espero que, si algún día a algún descerebrado le da por hacer una serie de El Silmarillion (porque hay que estar un poco loco para meterse en semejante berenjenal, aunque si se han metido con algo de la magnitud de Juego de Tronos, yo ya me espero cualquier cosa) no se olvide de incluir a este elfo noldor en el reparto de dicha serie.

Madrid Makes Sense... Spain Doesn't

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Mucho se ha dicho, y mucho se ha escrito, desde que este pasado fin de semana el COI desestimara la candidatura de Madrid 2020 en la primera vuelta de la gala en la que se decidía la sede de ese año sobre las razones que llevaron al organismo a rechazar la candidatura madrileña (que no española, cuidado).

Y no es que Madrid tuviera una mala candidatura, ni mucho menos. Su punto fuerte, que siempre ha sido algo que ha dado miedo a todo organizador que se precie, era que contaba con aproximadamente el 80% de las infraestructuras necesarias para un evento de tales magnitudes ya construidas, por lo que de aquí a seis años, iba a estar todo más que listo y preparado. De esto se derivaba otra de las grandes bazas que esgrimía Madrid. Vale, estamos en un país en plena crisis económica (amén de muchas otras), pero como ya tenemos construido casi todo lo necesario debido a las anteriores candidaturas fallidas, no vamos a necesitar una gran inversión de capital para realizar unos juegos olímpicos como dios manda. Vamos a hacer unos juegos a lo grande y, encima, baratos. Y como bien rezaba el lema, Madrid tenía sentido en este aspecto. Mucho.

Sin embargo, esta candidatura también tenía muchas flaquezas que ni el COE ni el Ayuntamiento de Madrid han sabido, no ya tapar, sino directamente, ni tan siquiera disimular. Como por ejemplo, el asunto más espinoso al que se enfrentó la candidatura: El dopaje y su control en España. Con el asunto de la Operación Puerto todavía sin una resolución final, y, en mi opinión, con el (mal llamado) doctor Eufemiano Fuentes, que sigue ejerciendo como tal a pesar de todas las pruebas que se han encontrado en su contra, se le hace un flaco favor a todos los intentos por parte de la administración central de frenar esta lacra del deporte y, en consecuencia, restó muchísima credibilidad a las débiles argumentaciones que ofreció la candidatura madrileña al respecto.

Aunque lo peor, desde mi punto de vista, fue esa especie de "ultimátum" encubierto que lanzó el COE para defender la candidatura Madrid 2020. Dicho ultimátum venía a decir que los Juegos Olímpicos eran el único camino posible para promocionar en este país los deportes menos conocidos y, por ende, menos practicados, pero igualmente válidos. Era este un argumento de doble filo, ya que si bien por una parte podía llegar a mover las conciencias de los jueces del COI, y hacer que con dicha candidatura, esos deportes minoritarios se dieran a conocer, lo que ocurrió fue todo lo contrario: Se demostró el poco interés que los sucesivos gobiernos españoles han tenido, y siguen teniendo, por cualquier otro deporte que no sea el fútbol o, a lo sumo, el baloncesto. Si tú no muestras interés por el deporte en tu propio país, ¿Cómo esperas que te tengan en cuenta a la hora de organizar un evento de estas características?

Todo esto, poco a poco, le fue quitando la venda de los ojos a los jueces del COI. En seguida se dieron cuenta que la representación española estaba intentando dárselas con queso, como llevan haciendo bastante tiempo ya con los propios españoles. Y teniendo en cuenta la fama que tiene ahora mismo la política española, tanto dentro como fuera de nuestras fronteras, los jueces ya estaban más que prevenidos al respecto. A partir de aquí, todo fue cuesta abajo, y así se reflejó en la decisión final del jurado. Si tú país está en crisis, lo último que necesitas es, precisamente, organizar un evento de tal magnitud como unos Juegos Olímpicos. Porque vale que ya habrá mucho trabajo adelantado, pero si hay una cosa que le guste al COI, son las inversiones millonarias y los proyectos faraónicos para organizar unos Juegos por todo lo alto, cosa que España, sumida en plena crisis económica, no podía realizar. Porque, precisamente, aquí es donde entra el Spain doesn't make sense. El COI, entre líneas, vino a decir que todo ese dinero que pensaban invertir en los Juegos, lo invirtieran en evitar los recortes que la crisis está produciendo. Y se preguntaban qué intenciones tendrían para que, con la que está cayéndonos, quisieran meterse en semejante fregado. Que sí, que vale, que unos Juegos Olímpicos traerán muchos ingresos, pero en estos casos, nunca deja de estar muy claro qué tipo de ingresos traerán ni, tampoco, a quién se lo traerán. Y esto los señores del COI también lo vieron venir. Lo último que quiere el COI es, precisamente, que cualquier cosa que pueda asociarse a ellos se vea salpicada por la más mínima pizca de corrupción. O, al menos, que vuelva a aparecer la sombra de la corrupción después del escándalo desatado con la adjudicación de los JJ.OO. de Invierno de Salt Lake City, y en el que rodaron cabezas olímpicas bastante altas. Y con la que está cayendo ahora mismo en España, como para arriesgarse siquiera. Y con una clase política, además, completamente alienada de su población, que se aferra a sus poltronas con más manos que un pulpo. Me gustaría recordar en este punto el caso de un político alemán que dimitió de todos sus cargos porque se descubrió que había copiado parte de su tesis doctoral... aquí, el político de turno habría quitado hierro al asunto diciendo que fueron unas meras "coincidencias", o incluso "un guiño" al autor original... eso, si es que dicho político hubiese llegado a escribir siquiera una tesis doctoral.

Y ya por último, y como ya he comentado al principio, en España se ha dicho de todo al respecto. Todo, eso sí, desde nuestro propio folklore de "la culpa no es nuestra, es del otro". Empezando por la "casualidad" de que se perdiera la señal del satélite justo cuando Madrid presentaba su candidatura, hecho que muchos vieron como todo un atentado a los intereses patrios y una vuelta al contubernio judeomasónico que quería evitar a toda costa unos juegos made in Spain. Y cómo olvidarnos, ¡Por Dios! de tomarnos un relaxig cup of café con leche in Plaza Mayor... Esto, si bien fue la puntilla de la candidatura, al menos desde mi punto de vista, no dejaba de ser la punta del iceberg. Lo gordo, lo principal, estaba muy por debajo. Y aun así los señores jueces del COI lo supieron ver. Porque nosotros podremos ser más o menos tontos, o nos dejaremos engañar más o menos, pero está claro que más allá de los Pirineos están hechos de otra pasta y no ríen las gracias como las reímos nosotros.

Por suerte, la confesión de Ana Botella de que ni tan siquiera tenían el dinero que habían dicho que utilizarían para realizar los juegos nos ha hecho perder tantísima credibilidad que podemos ahorrarnos las candidaturas de aquí a 40 años por lo menos. Luego dicen que si la "Marca España" la estropeamos los españoles con huelgas inncesarias... Ya.


PD.- Mención especial al pobre enviado especial de La Sexta Noticias, que se adelantó a todo el mundo diciendo que Tokyo había sido eliminada en primera ronda y que pasaban a la final Madrid y Estambul, cuando en realidad lo que ocurría era que estas dos ciudades estaban empatadas a puntos y no se sabía cuál de las dos caería primero... hasta que se deshizo el empate y se descubrió el pastel. Memorable la cara de circunstancias del reportero al tener que rectificar de su error.