9 de agosto de 2015

Los dinosaurios detruyen a Dios

Uno de los recuerdos que guardo con más cariño de mi infancia, es de cuando mi abuelo Máximo y yo nos "peleábamos" por culpa de los dinosaurios. Por aquellos años yo tenía entre 10 y 14 años, y estaba en pleno fervor paleontológico (de hecho, recuerdo que por aquellos años, de mayor quería ser paleontólogo). Y para mi abuelo, un señor nacido a principios del S.XX, en una zona profundamente rural, y con pocos conocimientos más allá de leer, escribir y las cuatro reglas básicas, era una invención sin ningún sentido. Un fraude. Un engaño. Porque, tal y como él decía, cuando Sansón y los leones, eso no existía, haciendo clara alusión a unos tiempos tan antiquísimos y pretéritos como sólo el Antiguo Testamento puede llegar a alcanzar. Y antes del Antiguo Testamento, obviamente, no había nada. Literalmente.

Reconstrucción de un Iguanodon según G. Mantell - circa 1820
Y el otro día, recordando precisamente a mi abuelo y sus palabras, me pregunté cuál debió ser, de hecho, la reacción de las gentes del S.XVIII cuando empezaron a descubrirse los primeros esqueletos de dinosaurios en Inglaterra y Alemania. Para empezar, yo estoy convencido de que esqueletos de dinosaurios se llevan desenterrando, de manera accidental obviamente, desde los albores de la Humanidad. Esas leyendas de "gigantes", de "dragones" y de "monstruos" tan comunes en todas las culturas antiguas por igual, tienen que venir de algún sitio. La única diferencia es que a partir del S.XVIII se da La Ilustración, momento en el que la ciencia deja de llamarse Alquimia y pasa a ser "algo más", y los intelectuales que empezaron a toparse con dichos esqueletos comprendieron que estaban ante algo totalmente diferente a lo que se venía creyendo hasta entonces. Aquello no podía ser un dragón, ni una mantícora, ni ninguna otra superchería por el estilo. Aquello tenía que ser algo diferente. Algo "real".

Sin embargo, y a pesar de tal Ilustración, la sociedad de la época seguía siendo netamente creyente. Todo venía de Dios, y a Dios debía volver todo, por lo que las primeras teorías científicas, en cualquier ámbito del saber, estaban orientadas, ante todo, a justificar el papel de Dios en dichos fenómenos. En descubrir por qué Dios los había puesto ahí, y en demostrar que si estaban ahí, era por una buena razón, ya que como es bien sabido, Dios es, ante todo, omnisapiente y todopoderoso. Amén de benévolo y magnánimo.


Y es aquí donde, parafraseando una escena de Parque Jurásico pero modificándola ligeramente, los dinosaurios destruyen a Dios. O, al menos, comienzan a destruirlo. Porque una de las primeras cosas de las que se dieron cuenta los primeros paleontólogos, es que aquellos animales, aquellos lagartos terribles... estaban extinguidos. Ya no existían. Y, ¿Cómo era posible que Dios, en su inmensa sabiduría y bondad, hubiera podido permitir que parte de Su creación, simplemente, dejara de existir? Eso era algo, simple y llanamente, inconcebible. Algo tuvo que haber pasado para que aquellos animales ya no existieran. Y tuvo que ser algo muy gordo. Tan gordo como... un Diluvio Universal, por ejemplo. ¿Os suena el término "antediluviano"? En esta época, y hasta casi bien entrado el S.XX, esta palabra era un sinónimo para referirse a los dinosaurios. Porque la primera justificación que encontraron los naturalistas de la época es que, si no llegaron hasta nuestros días, es porque el Diluvio Universal, cataclismo por excelencia del Antiguo Testamento, se los había llevado por delante. Recordemos que la ciencia existía para justificar y glorificar a Dios, que nos habló y transmitió Su historia en los escritos recogidos en La Biblia.

De hecho, fue en este momento en el que salieron muchas de las teorías biológicas que definieron a los dinosaurios, como he dicho, hasta bien entrado el Siglo XX. Porque como también he comentado antes, en el Siglo XVIII la ciencia existía para justificar a Dios y demostrar Su gloria. Por lo tanto, los naturalistas llegaron a una conclusión que caía por su propio peso: los dinosaurios debían ser torpes. Muy torpes. Torpes hasta rozar prácticamente imbecilidad. Y tan gordos, lentos y pesados que, por desgracia, absolutamente ninguno de ellos pudo llegar a tiempo al Arca de Noé y ser salvado de la destrucción. Y como digo, esta es una verdad que se volvió tan dogmática que perduró hasta el Siglo XX, momento en el que, gracias a las nuevas técnicas de estudio y de excavación, así como el descubrimiento de más y más especies de dinosaurios, se empezaron a cuestionar algunas de aquellas "verdades", como la de la sangre fría, que también proviene de esta época. Porque si eran lagartos, por fuerza debían tener la sangre fría, no podía ser de otra forma.

Lo gracioso de todo esto, como habréis podido comprobar, es que con cada nueva explicación que se daba para justificar y explicar la desaparición de los dinosaurios, se planteaban aun más dudas al respecto, y se ponía aun más en evidencia el poder supremo y absoluto de Dios. Porque si había creado a unos animales tan lentos y torpes que ni tan siquiera habían podido salvarse a sí mismos, implicaría invariablemente que Dios se habría equivocado, lo cual ataca directamente uno de los Dogmas de la Iglesia, impactando de lleno en la línea de flotación de Su omnisapiencia: Dios no se equivoca debido a Su perfección. Y que, por mucho que los dinosaurios fuesen así de torpes, si es todopoderoso como afirma la Iglesia, podría haber evitado igualmente su extinción haciendo uso de Su poder con tal de evitar que parte de Su creación desapareciera de la faz de la Tierra para siempre. Otro Dogma que se ve cuestionado de lleno. Y si no lo hizo y dejó, por el motivo que fuera, que se extinguieran, implicaría que tan misericordioso y benévolo no es. Otro más.

Y para alimentar más un fuego que ya empezaba a arder con fuerza, años más tarde llegaría Darwin, con su libro El Origen de las Especies y, aun sin quererlo (de hecho, ferviente católico hasta la médula como era, se retractó de sus teorías viendo la que había organizado), colocó una de las primeras piedras para que la ciencia comenzara a mirar a Dios con otros ojos. Dios ya no estaba ahí para ser justificado y ensalzado, sino que era Él el que tenía que justificar su propia existencia si quería seguir siendo ensalzado. Lo dicho, los dinosaurios empezaron a destruir a Dios. 

En este aspecto, no deja de ser gracioso ver como una de las ciencias "menores" como es la paleontología, que no tiene aplicaciones tan directas como la física o la química más allá de comprender mejor el mundo en el que vivimos (por eso mismo la entrecomillo, ya que, para mí, ninguna ciencia es menor ni tiene aplicaciones descartables), se convirtió en la cuña con la que la Ciencia empezó a resquebrajar La Piedra de Dios y a disipar las sombras de superstición que esta había proyectado durante tantísimos años. Amén.

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